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Israel y Palestina (I)

de los orígenes a la destrucción del Segundo Templo

Publicado: 2014-07-23

La gran familia Semita de lenguas es una de las más vastas e importantes del mundo. Los semitas —los descendientes de Shem, hijo de Noé, según el relato bíblico— son, en realidad, parte de una familia aun más vasta, la Afro-asiática, a la que también pertenecen los antiguos egipcios y los bereberes del norte de África, entre otros. Los semitas en sí, cuyo origen habría estado en la península de Arabia, están divididos a su vez en tres ramas: la oriental (ahora extinta, que contenía a los antiguos asirios y babilonios); la sureña (hoy principalmente los etíopes de África oriental); y la central, acaso la más importante, pues comprende a los árabes y a las lenguas del Levante: el ugarítico, el arameo y las lenguas canaanitas (hebreo y fenicio). Las relaciones entre estos pueblos hermanos, sin embargo, han sido más bien tumultuosas a lo largo de la historia. 

Según la Biblia, las doce tribus de Israel se establecieron en la región previamente llamada Canaán luego de derrotar a sus habitantes originales, y eventualmente lograron conformar un reino, el Reino de Israel, bajo el rey Saúl, que muchos estiman que pudo haber reinado alrededor del año 1,000 a.C. El reino prosperó bajo los reyes David y Salomón, y este último construyó el Primer Templo en Jerusalén, su capital, para contener la célebre Arca de la Alianza. Sin embargo, tras su muerte, el reino se dividió por diferencias sucesorias en dos: Israel en el norte, con capital en Samaria; y Judá en el sur, con capital en Jerusalén.

Reinos de Israel y Judá
(s. IX a.C.)

Por su parte, en lo que actualmente sería la Franja de Gaza existió un pueblo marcadamente distinto de los israelitas: los filisteos. El país de Filistia (de cuyo nombre deriva la actual Palestina) no era un reino unificado sino más bien una confederación de cinco ciudades (Asdod, Ascalón, Gaza, Ecrón y Gat) cuyos orígenes son oscuros; ellos, a diferencia de los israelitas, eran politeístas. Como narra la Biblia, el enfrentamiento entre israelitas y filisteos era casi permanente (recuérdese la historia de Sansón y Dalila, y la de David y Goliat), y mucho de la identidad de ambos pueblos se forjó en esta lucha.

Sin embargo, el final de ambos fue más bien común. El reino norteño de Israel así como las ciudades filisteas fueron conquistados y destruidos por los poderosos asirios bajo Sargón II hacia 722 a.C. El reino sureño de Judá sobrevivió siglo y medio más, pero también cayó a manos de los babilonios en 586 a.C.; su rey Nabucodonosor, además, ordenó la destrucción del Templo y la deportación de los judíos a Babilonia.

Con el paso del tiempo, de los restos del reino norteño de Israel emergió el pueblo samaritano, hermano del judío. Los samaritanos —recordados por su mención en las historias de Jesús— son también hijos de Israel, pero de una tradición diferente que los judíos. Estos, por su parte, adquirieron su identidad propia durante el cautiverio en Babilonia, que duró unos 70 años, hasta que el rey persa Ciro el grande los liberó. Tras el retorno a la patria, los judíos reconstruyeron el templo destruido por los babilonios (el Segundo Templo) en Jerusalén, aunque como la provincia persa de Yehud. Los persas fueron eventualmente derrotados por los griegos de Alejandro Magno en el siglo IV a.C., y Judea se convirtió en provincia del Imperio Seléucida. Tras una restauración del Reino de Israel de un siglo bajo la dinastía Hasmonea, dada la debilidad de los últimos reyes griegos, el reino fue tomado por los romanos bajo el mando del triunviro Pompeyo (s. I a.C.).

Las ciudades palestinas —como dije, dicho nombre se daba solo a lo que hoy sería aproximadamente la Franja de Gaza— continuaron en su papel tradicional de zona no-judía, y se contaron entre las zonas más helenizadas y romanizadas de la región, ya que eran politeístas como esos imperios. La región de Judea, en cambio, tuvo frecuentes choques con la autoridad romana. Los judíos, divididos en varias sectas, aspiraban siempre a un reino independiente y despreciaban el politeísmo romano.

Los romanos habían permitido la formación de un nuevo reino judío bajo la dinastía Herodiana (que reinaba cuando nació Jesús), pero diversos problemas internos lo llevaron a su fin. Los romanos fundaron la provincia de Iudaea, bajo administración directa del Imperio, pero esto solo ocasionó más conflictos. Finalmente, en 70 d.C., el emperador Tito sitió Jerusalén, que se había declarado en rebeldía contra los impuestos romanos, la tomó y la destruyó junto con el Segundo Templo, que había sido ampliado magníficamente por Herodes el grande. Los últimos rebeldes judíos —los zelotes— famosamente resistieron hasta la muerte en el bastión de Masada.

Otras dos rebeliones en 117 y 137 d.C. acabaron de colmar la paciencia de los romanos. El emperador Adriano, que debeló la última, ordenó la expulsión de los judíos de Jerusalén, la prohibición bajo pena de muerte del judaísmo, y el cambio de nombre de la región de Judea a Palaestina. Dado lo tumultuoso de su historia, el pueblo judío ya era uno que vivía en gran medida en el exilio. La expulsión romana consolidó ese estado por siglos.


Escrito por

Pablo H. Carreño

Lingüista, escritor, traductor, reportero cultural


Publicado en

Epeolatría

Amor por las palabras: lingüística, historia, arte, política