Con lupa en el Congreso

El juicio de la historia

Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ése destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ése borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá”.

Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”

Publicado: 2020-06-28

Heródoto, el padre de la historia, decía, al principio de sus Historias, que el propósito de la historia es preservar las memorias del pasado, para evitar que se pierdan para las generaciones venideras. Noble propósito, sin duda, que busca preservar para la humanidad lo bueno y lo malo de los hombres que en el mundo han sido. La memoria es aquello que nos permite viajar en el tiempo, ir hacia el pasado, a mundos hace mucho perdidos, pero que son accesibles gracias a la labor del historiador o del simple aficionado, que quiere conocer y comprender las acciones de las personas que nos precedieron.  

Sin embargo, a pesar de sus indudables aspectos positivos, el miedo a la historia es algo que, a lo largo de la historia, no ha sido poco común. Cuenta el historiador chino Sima Qian (Siglo I a. C.), en sus célebres Memorias históricas, o Shiji, que, algo más de un siglo antes que él, el primer emperador de la China, Qin Shi Huang Di, mandó quemar todos los libros que resumían doctrinas que, a su juicio, eran peligrosas, o que simplemente competían con las que él quería promover como fundador de una nueva China unificada. Incluso se dice que mandó enterrar vivos a muchos intelectuales, que sentía que lo habían defraudado. Curiosamente, este emperador fundacional es también quien inició la construcción de la Gran Muralla, a un costo de cientos de miles de muertos, para preservar las fronteras de su nuevo Imperio de posibles invasiones. El epígrafe de Borges lo alude a él.

Y es que, en efecto, la relación entre el poder y la historia a menudo ha sido problemática. El primer Emperador chino sería emulado en el siglo XX por otro autócrata aspirante a refundar la historia: Iósif Stalin. El georgiano sucesor de Lenin intentó ser otro refundador del mundo, y como tal la emprendió también contra la historia y los intelectuales. Como persona familiarizada con el mundo intelectual (fue también escritor y periodista), Stalin comprendió pronto el enorme potencial disruptivo de los pensadores, que son los contadores de la historia. Por ello se dedicó a eliminarlos, junto con muchos otros tipos de potenciales opositores, especialmente durante la llamada Gran Purga (1936-1938). El saldo de las sangrientas represiones de Stalin estaría, al menos, alrededor de los 6 millones de personas ejecutadas directa o indirectamente, notoriamente en los tristemente célebres gulags.

En este punto es bueno recordar que el juicio de la historia puede entenderse en un doble sentido, subjetivo y objetivo. En un sentido subjetivo, como sujeto, como agente, la historia, en efecto, juzga indirectamente a los hombres y sus acciones en el pasado, al narrar lo positivo y lo negativo, lo cual, como hemos visto, puede resultar inconveniente para ciertos proyectos. En consecuencia, los aspirantes a dictadores pueden sentirse tentados de juzgar ellos mismos a la historia, ahora en un sentido objetivo, como objeto, como a un criminal en el banquillo de los acusados. En estos días de pandemia, de hecho, lo estamos viendo en vivo y en directo. Alrededor del mundo, hordas de indignados modernos, cual pequeños jueces de la historia, recorren las calles de diversas ciudades, buscando las estatuas, los monumentos o los edificios que identifican como los recordatorios de un pasado odioso, que debe ser eliminado, purificado por el fuego de la indignación ciudadana, y olvidado.

Hay mucho de similar entre los autócratas que hemos mencionado y estos modernos inquisidores, que queman iglesias, destruyen monumentos históricos, tumban estatuas de conquistadores y misioneros, y hasta llenan de pintura las imágenes de escritores y filósofos del pasado. Es la intención de refundar la historia, de cancelar el pasado con sus odiosas comparaciones, de juzgar lo pretérito como a un objeto. Pero, como insinuara Borges en el epígrafe que citamos al inicio, cada juez y verdugo de la historia solo reproduce las acciones de antiguos juzgadores que lo precedieron, y prefigura a los jueces de la historia que vendrán, ad nauseam. Así pues, ningún indignado que se trae abajo el monumento de algún personaje histórico odioso para él está realmente cancelando la historia. Solo la está repitiendo.

¿Pero tiene sentido juzgar a la historia? Ese, en realidad, es el quid de la cuestión. Más aun, ¿tiene sentido juzgar a la historia desde nuestros valores modernos? El sinsentido de esa cuestión es tal que ni siquiera provoca contestarlo más que con una piadosa sonrisa. Sin embargo, me permitiré acá recordar algunas ideas del gran historiador judío francés Marc Bloch, trágicamente ejecutado por los nazis en los tiempos finales de su ocupación de Francia, por su colaboración con la resistencia. En su emotiva Introducción a la historia (Apologie pour l'histoire ou Métier d'historien), escrita entre las privaciones de la guerra, llegado al tema del posible juicio de la historia, Bloch sostiene, proféticamente, que la labor del historiador y la del juez son similares, hasta cierto punto. Ambos buscan conocer los hechos de manera exhaustiva, sin duda, pero ahí acaba la semejanza. El juez busca juzgar y dar un veredicto. El historiador, en cambio, busca simplemente comprender. En sus palabras:

Una palabra domina e ilumina nuestros estudios: “comprender”. No digamos que el buen historiador está por encima de las pasiones; cuando menos tiene ésa. No ocultemos que es una palabra cargada de dificultades, pero también de esperanzas. Palabra, sobre todo, llena de amistad. Hasta en la acción juzgamos demasiado. ¡Es tan fácil gritar: “Al paredón”! No comprendemos nunca bastante. Quien difiere de nosotros, sea extranjero o adversario político, pasa, casi necesariamente, por un ser de malos antecedentes. Aun para conducir las luchas inevitables, sería necesario un poco más de inteligencia en las almas; con más razón para evitarlas, si se está a tiempo. A condición de renunciar a sus falsos aires de arcángel, la historia debe ayudarnos a salir de este mal paso. Es una vasta experiencia de las variedades humanas, un largo encuentro entre los hombres. Tanto la vida como la ciencia tienen el mayor interés en que este encuentro sea fraternal. (Introducción a la historia, FCE, p. 112).

Dichas estas palabras en el contexto de lidiar con otros refundadores de la historia, los nazis, las palabras de Bloch cobran especial relevancia. Se convierten en una advertencia contra los juzgadores de la historia, con su permanente legado de muerte y destrucción, del cual fueron víctimas el propio Bloch y tantos millones de personas. No obstante, me interesa resaltar acá su llamado a la fraternidad, el tercer valor perdido de los tres que inspiraron la Revolución Francesa, junto con la libertad y la igualdad. Y es que la fraternidad es el amor, incluso por los que nos resultan antipáticos, para comprender. Esa es la labor de la historia, comprender. Por ello, en esta época de odios virtuales, de desencuentros con la historia y de absolutismos ideológicos, nada podría ser más importante que cultivar la fraternidad, y tratar de comprender.

(Aparecido en El Reporte, N° 3, junio de 2020)


Escrito por

Pablo H. Carreño

Lingüista, escritor, traductor, reportero cultural


Publicado en

Epeolatría

Amor por las palabras: lingüística, historia, arte, política